13 ene. 2006

POR UN DIÁLOGO CON EL MUNDO

El hombre tiene la tendencia de burlarse de lo que no conoce o no comprende. El esperanto es una de esas ideas sobre las cuales suelen opinar aun quienes no tienen ni el mínimo conocimiento de sus aspiraciones, causas y métodos.
Por desgracia, esta actitud general nutre en el esperantista la convicción de tener la razón, el orgullo de estar en el camino correcto y el consiguiente desdén por los ignorantes que critican a la lengua internacional atrincherados en sus prejuicios.
De esta relación entre un esperantista jactancioso y un crítico ignorante no puede esperarse nada bueno. Por el contrario, da lugar a por lo menos dos graves problemas que obstaculizan seriamente el desarrollo de la lengua internacional (sea cual fuera el concepto que se tenga sobre este desarrollo).
El primer problema que percibimos es de orden práctico. En efecto, muy flaco favor hace el esperantista a su causa cuando, con mirada iluminada por su verdad, rechaza sistemáticamente todo debate razonado y tiene por único argumento la fuerza de su fe y el muy discutible orgullo de pertenecer a una minoría selecta.
Fuera de un reducido número de personas que, de no afiliarse al esperanto se integrarían en alguna secta fundamentalista, la mayoría de quienes escuchan un mensaje de este tipo se alejan asustados.
De este modo pierde continuamente sus batallas un movimiento cuya finalidad básica es difundirse. Y paradójicamente queda encerrado en un pequeño círculo de personas a quienes no les interesa hablar con los ignorantes "de afuera".
El otro problema atañe a los principios. En efecto, esta actitud de desdén por los de afuera resulta contradictoria en un movimiento que no sólo se quiere tolerante e incluyente, sino que además enarbola las banderas de los derechos humanos, de las minorías, el respeto a la diversidad y otras normas básicas de la convivencia humana.
Es imposible el diálogo entre estas dos posturas, entre un mundo externo que, o desconoce la existencia del esperanto o la considera una chifladura, y un círculo cerrado de iluminados que no pierde ocasión de mostrar su desdén por la ignorancia o incomprensión del mundo externo.
Reconocemos que hemos polarizado las posturas para ilustrar nuestro argumento. No todos los esperantistas se sienten profetas ni todo el mundo considera locura a la lengua internacional. Hay muchos matices intermedios.
Pero una cosa sí es clara: el esperantista haría bien en dejar a un lado el celo misionero y tratar de insertar el idioma internacional en la realidad cotidiana, en su comunidad, en su país, tomando en cuenta las condiciones concretas.
Y los no esperantistas harían bien, por lo menos, en dejar de burlarse de un fenómeno que no conocen.
De ese modo será posible un diálogo que le permitiera al esperantismo conocer las verdaderas necesidades del mundo y adaptarse a éstas para satisfacerlas. Y, por lo menos, quizá en alguno de los ataques que se lanzan contra el esperanto, podría recoger un elemento valioso. No es posible que ninguna crítica esté fundamentada, pero si por principio todas se rechazan por provenir del exterior, ¿no estaremos negándonos a un diálogo constructivo?

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