11 ene. 2006

¿DÓNDE ESTÁN LOS MITOS?¿DÓNDE ESTÁN LAS REALIDADES?

Cuando era niño, se me dijo: «Quien tiene una lengua, a Roma va». Pero a algunos kilómetros de allí se hablaba una lengua diferente. Preguntar a la gente en la calle no servía absolutamente para nada.

Se me dijo que para comunicarse con el extranjero era necesario estudiar lenguas en la escuela. Pero más del 90% de los adultos eran incapaces de expresarse con claridad en las lenguas extranjeras aprendidas durante su escolaridad.

Se me dijo: «Con el inglés puede uno desenvolverse en cualquier parte del mundo». En un pueblo español vi un accidente entre un vehículo sueco y uno francés: Ni entre ellos ni con los guardias civiles pudieron comunicarse los automovilistas. En un pueblecito tailandés vi a un turista con cara de angustia intentar explicar sus síntomas a un médico local: la comunicación no era posible. He trabajado para la ONU y para la Organización Mundial de la Salud, en las cinco partes del mundo, y he constatado que en Guatemala o en Checoslovaquia, en el Congo, en Bulgaria o en el Japón, y en toda clase de países, el inglés no servía para nada, fuera de los grandes hoteles y de las compañías de aviación.

Se me dijo que gracias a las traducciones las culturas más lejanas iban estando al alcance de todos. Pero, cuando comparaba los textos traducidos con los originales, descubría tantas omisiones, contrasentidos y distorsiones de estilo, que me rendí a la evidencia: En nuestras lenguas, toda traducción es una traición.

Se me dijo en Occidente que se quería ayudar al Tercer Mundo en el aspecto de las culturas locales. Pero yo he visto ejercerse por medio del francés y del inglés las más fuertes presiones culturales. He visto que, sin respeto para la dignidad lingüística del otro, empezábamos por imponerle nuestra lengua para comunicar con él. Y he visto los innumerables problemas que ha producido la formación de mandos intermedios y de personal subalterno, porque la técnica occidental no hablaba la lengua local y no existía allí ningún manual de instrucción.

Se me dijo: «La enseñanza pública garantiza la igualdad de oportunidades a los niños de todos los medios sociales». Y he visto, especialmente en el Tercer Mundo, a las familias que tenían dinero, enviar a sus hijos a Inglaterra o a Estados Unidos para permitirles dominar el inglés, y a las grandes masas, encerradas en sus idiomas, las he visto sometidas a tal o cual propaganda, sin apertura al mundo, mantenidas por la lengua en un estado socioeconómico inferior.

Se me dijo: «El esperanto es un fracaso». Y he visto en Suiza, en una pequeña aldea de montaña, a niños de campesinos, después de seis meses de curso de esta lengua, conversar con visitantes japoneses como si los unos y los otros hablasen su lengua materna.

Se me dijo que el esperanto carecía de valores humanos. Me tomé la molestia de aprender la lengua. He leído sus poesías y he escuchado sus canciones. He conversado en esta lengua con brasileños, chinos, iraníes, polacos... e incluso con un joven uzbeco, y han sido las conversaciones más espontáneas y más profundas que jamás he tenido en una lengua extranjera.

Se me dijo: «El esperanto es el fin de toda cultura». Pero cuando en América Latina, en Europa del este, en Asia, fui recibido en casa de los esperantistas, pude comprobar que a igualdad de nivel social eran, casi siempre, más cultos que sus conciudadanos. Y cuando he asistido a debates internacionales en esta lengua, donde se hubiese creído que cada uno hablaba su propio idioma, el nivel intelectual de los intercambios imponía el mayor respeto.

¡Desde luego que he hablado de ello a mi alrededor! He dicho: «Venid a ver, pues tengo un formidable truco: Es una lengua que resuelve estupendamente bien el problema de la comunicación entre pueblos. He visto a un húngaro y a un coreano discutir de política y de filosofía, después de diez meses de esperanto, con la misma soltura que nosotros cuando hablamos francés. Y después he visto esto y aquello y lo de más allá...» Pero se me contestó: «Eso no es serio. Y sobre todo es artificial».

Pero mi destino es recorrer el mundo. Y veo a gentes frustradas en su deseo de dialogar con los habitantes del país donde residen o viajan. Veo comunicaciones entre gentes, que conducían a grotescos malentendidos. Veo a personas sedientas de cultura, a quienes la barrera de los idiomas impide el acceso a las obras deseadas. Veo a aquellos que, después de un estudio de lenguas durante seis o siete años, hablan de un modo desastroso, buscando las palabras, con un acento penoso, renunciando a aquellos matices que desearían expresar. Veo florecer la desigualdad y la discriminación lingüística. Veo a diplomáticos y especialistas manipular los botones selectores, hablar ante un micrófono y escuchar por los auriculares una voz distinta a la de su interlocutor real. ¿Es ésta la solución natural? El arte de resolver los problemas con inteligencia y sensibilidad, ¿no forma parte de la naturaleza humana?.

Lo que se me dice no corresponde con aquello que yo observo y constato. Mientras, yo deambulo errante y desamparado, en una sociedad que proclama el derecho de todos a la comunicación.

Y ya no sé si es que se me engaña o si soy yo quien está loco.

Autor/Aŭtoro: Claude PIRON
Tradujo del francés · Elfrancigis: Francisco ZARAGOZA RUIZ

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